Los niños no miran el color de la piel, el idioma o la clase social. Simplemente juegan con aquellos que comparten confianza y generosidad: Sus amigos. Pero éste es el mundo de los niños, el que debiera ser. El de los adultos es diferente. Se mueve bajo otros parámetros, prejuicios y luchas de poder. Un mundo que, en el peor de los casos, arrastra al ser humano a batallar, incluso, por un triste trozo de pan.






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