Dani Ramírez. "La vida es maravillosa, pero hay que pelearla cada día"

En 1 minuto puede cambiarte todo, incluso la vida. Una decisión honesta y valiente puede significar el inicio de un salto hacia el vacío. Eso es lo que me sucedió a mi.

Mi nombre es Daniel y quiero compartir con vosotros mi historia. Si con ello consigo que reflexionéis acerca de lo frágiles que somos, me daré por satisfecho. Porque seguramente habré contribuido a, como mínimo, que sigamos dándole valor a aquello que realmente lo tiene: La familia, el trabajo, los amigos,… El dinero es moneda de cambio que necesitamos para subsistir pero no imprescindible para seguir viviendo y encontrar la felicidad.

Todo comienza en 2006 cuando decido abandonar un buen puesto de trabajo en una importante empresa del sector de las apuestas, que me ocupaba prácticamente todo el día, para poder tener mucho más tiempo disponible y dedicárselo a mi hijo. Y no es que mi hijo tuviese ningún problema. Él ya tenía 4 años y yo la desagradable sensación de estarme perdiendo algo que no podría recuperar jamás.

Así que aprovechando que en aquellos años cambiar de trabajo era relativamente fácil, busqué y encontré un trabajo, peor remunerado pero cerca de casa y con un horario que me permitía disfrutar mucho más de su infancia. No hay dinero que pueda pagar el verlo crecer a tu lado cada día, llevarlo al cole, comer a diario con él, jugar con él en el parque… en definitiva, tenerlo cerca cuanto más tiempo mejor. Pero en la vida hay infinidad de factores que escapan a tu control y que tienen una incidencia directa sobre nosotros, factores que por negativos o duros que sean, jamás pueden hacerte caer en el desanimo o en la desilusión.

Y en 2008 llegó la crisis que un año antes había comenzado en EE.UU, y ésta se llevó por delante la pequeña empresa familiar que me había acogido dos años atrás y que dependía de la construcción.

Apenas habían pasado dos años y la situación económica había girado 180º. Ahora encontrar un nuevo trabajo que te aportase unos ingresos similares a los recibidos años atrás era prácticamente imposible. Los que durante aquellos años de bonanza económica nos habíamos creado una estructura de vida dependiente de unos ingresos que creímos que jamás se reducirían, caíamos en pánico cuando veíamos que un mes tras otro, las cifras del paro crecían y las condiciones laborales descendían al nivel de lo indigno. Es ahí cuando el gerente de la empresa que acababa de ser arrasada por la crisis, me propone crear algo nuevo y embarcarnos en un proyecto que nos permitiese seguir trabajando. La ilusión, las ganas de vivir y de tirar para adelante, eran más fuertes que el oscuro panorama que nos envolvía.

De la noche a la mañana, en un abrir y cerrar de ojos, estábamos creando una empresa dedicada a la distribución de alimentación. Íbamos a comenzar por lo más básico; leche, zumos, agua, legumbres… productos baratos pero de gran consumo. Mi aportación inicial consistió en el capital que me correspondía por estar parado. Y digo inicial, porque tras la aportación del capital, vino la aportación de la salud, con jornadas de trabajo muy duras. Distribuir a diario cientos de litros con la única ayuda de una carretilla manual y a base de tirar de espalda, es algo que te destroza, que te rompe físicamente.

Durante un par de años trabajamos con ilusión el proyecto, pero la dura competencia unida a la falta de financiación nos ahogaron y me vi en la necesidad de abandonar el proyecto para poder conseguir un salario.

Sin trabajo, sin prestación por desempleo y en pleno 2011 con la crisis mostrando su lado más duro, no queda más remedio que aceptar unas condiciones laborales y económicas de subsistencia. Pero como no podría ser de otra manera, tocaba poner la mejor cara, apretar los dientes, adaptarse y luchar.

Ahora, recientemente, mi realidad ha cambiado y me demuestra que la vida nunca se olvidó de mi. En ocasiones me giró la cara, pero de nuevo me ha mirado fijamente para ofrecerme su amable sonrisa. Aquellos que estáis actualmente desempleados os animo a que sigáis adelante, porque nada es para siempre.


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